miércoles, 21 de enero de 2009

Obvio que me deprimí el día que me robaron la guitarra. Tanto, que tuve que salir a que me diera un poco el aire, frío aire nocturno junto al césped del jardín, para sentirme algo mejor. Dije en voz alta que iba a dar un paseo. Clochard me preguntó si quería compañía. Le contesté sinceramente que me daba absolutamente igual. Paseando llegamos hasta la playa. No es un paseo corto, pero hablábamos de la revolución, de cómo estaba yendo de mal, de qué podía hacerse en un futuro próximo para sacarla adelante. Llegamos a la playa y el mar era negro. Hablamos del verano, del viaje por Europa haciendo autostop. Mirábamos el mar, barajando la posibilidad de avanzar hacia el este siguiendo la costa, durmiendo en la arena. Buena idea lo del viaje. El problema eran mis lentillas, como siempre. Y qué putada lo de la guitarra. Y qué frio hace, volvámonos a la facultad. Las tres de la madrugada y la gente en la calle, alrededor de hogueras. A mi me sorprende que no nos atraquen. Clochard apunta que esa parte de la ciudad le recuerda a Marruecos, y que la última vez que estuvo por aquí casi le clavan una navaja una banda de gitanos, en el tranvía. Yo respiro frío y me encojo de hombros. La guitarra es una perdida demasiado reciente y las causalidades me vienen grandes todavía. En la facultad aun hay gente despierta, estudiando. Examen de gnoseología al día siguiente y todavía no está clara la relación entre el espíritu absoluto hegeliano y el logos heraclitiano. A mi me la trae al fresco y subo al quinto piso a dormir.

1 comentario:

Postal dijo...

Tú sin guitarra, yo sin bicicleta y la revolución sin cabra.

Esto no puede ser.

Pero todavía queda playa en invierno y colchones en la facultad. :)