domingo, 18 de octubre de 2009

Las noches en la Facultad Ocupada de Filosofía distaban mucho de ser divertidas. A menudo lo eran, ciertamente, pero sobretodo porque venía gente de visita o en días festivos y traían con ellos bebida, algarabía y ganas de vivir. El resto de las noches, que eran la mayoría, dormíamos en la Facultad solamente Clochard y yo, y como Clochard desaparecía después de la cena y volvía para dormir de madrugada (durmiendo después hasta mediodía, rutina que siguió fielmente todos y cada uno de los días que vivió en la Facultad), yo me quedaba sólo por las noche en un enorme edificio originalmente pensando como aulario que habíamos rehabilitado para darle funciones de hostal, cuartel general y puntualmente, centro de ocio. Había, sin embargo, un abanico bastante aceptable de acciones que uno podía llevar a cabo en la solitaria noche universitaria. Pasear por los jardines con los pies descalzos, visitar otras facultades ocupadas, subir a la terraza para tener una bonita perspectiva del campus, estudiar, escribir, leer o cantar canciones a viva voz sin miedo a ser molestado o molestar a nadie y explorar. Podías explorar a voluntad, porque todas las alarmas estaban desactivadas. De hecho uno podía hacer lo que quisiera sin miedo a ser molestado. Estar solo de noche en una Facultad desierta significaba, entre otras cosas, tener a tu entera disposición un edificio de siete pisos, un ordenador con conexión a internet, dos sofás, una máquina de café y otra de aperitivos dulces, un sótano, una terraza, dos hornillos eléctricos a gas, un jardín permanentemente cubierto de rocío y veinticuatro cuartos de baño que eran limpiados cada mañana, además de electricidad gratuita e virtualmente ilimitada. En definitiva, un palacio. Pero un palacio vacío y aburrido. En los últimos meses de la Revolución, ni siquiera venía gente a cenar, ni a las asambleas. Bourgeoise venía a verme a veces y se quedaba a dormir en mi cama del quinto piso, y esos días nos levantábamos puntualmente a las ocho de la mañana, pues ella tenía que aprender toda la ciencia médica en sólo cinco años y el tiempo apremiaba. Yo, que sólo tenía que aprender el sumatorio de todos los pensamientos relevantes acaecidos en occidente desde el siglo cuarto antes de cristo, podía permitirme el lujo de levantarme a las once o las doce.

1 comentario:

Adolfo Llopis dijo...

el sarcasmo, el sarcasmo... ¡yo abrazo el sarcasmo!